Diana Quer

El 31 de diciembre despedimos el año con la trágica muerte de Diana Quer. La historia de la joven madrileña se cerraba en una fecha señalada en la que muchos nos llenábamos de rabia, de coraje, de malestar y de tristeza. La vida, en ocasiones, es demasiado injusta.

Diana desapareció en A Pobra, un pueblo gallego, donde pasaba las vacaciones con su madre y con su hermana. Su familia dejó de tener contacto con ella la madrugada del 22 de agosto de 2016. Testigos situaron a Diana sobre las 02:30 por el paseo marítimo del pueblo. El último whatsapp lo envió a un amigo a las 02:43 y no volvió a tener contacto con nadie. Los hechos transcendentes del caso serían: su desaparición, el hallazgo de su teléfono móvil, la detención del presunto autor de los hechos y la localización del cuerpo. Lejos de la realidad, el caso de Diana y su entorno comenzó a ser un reality show.

Vivimos en una sociedad que se cree digna de juzgar como si de un juego se tratase, como si las palabras no hicieran daño, no causaran dolor.

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Diana era hija de padres separados y las páginas de sucesos comenzaron a hablar de la relación de sus progenitores, de una hermana adolescente que seguramente actuaba mirando con rencor a la vida, porque con quince años el dolor no se digiere, no se afronta, simplemente llega y te paraliza. Algunos se empeñaron en rebuscar en los cajones, en analizar cada gesto de la familia, quedando la búsqueda de Diana en un segundo plano, dando paso al morbo de una prensa amarillista que buscaba carroña para lectores hambrientos.

La joven chocó por desgracia con un terrible monstruo que le arrebató la sonrisa, la vitalidad, la energía, la juventud, sus sueños, sus latidos…

Él, José Enrique Abuín, “el chicle”, presunto autor de los hechos, buscaba divertirse. Las fiestas de A Pobra no eran suficientes, quería más. Diana tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino, de coincidir en el tiempo y en el espacio con la persona menos indicada. “El chicle” declaró que había confesado para mitigar el dolor de la familia.

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Queridos jueces, el dolor no se mitiga, no se disipa en el aire por una confesión, el dolor no lo calma el tiempo, no lo consuelan las lágrimas, no se dejen engañar, señorías, el presunto autor no intenta calmar el dolor de la familia, intenta aliviar su conciencia, si es que aún la conserva.

Estoy cansada, ¿sabéis? Cansada de tragedias, de leyes irrisorias, de rebajas de condena a reincidentes por buen comportamiento, de tener miedo, de caminar cuando anochece mirando a ambos lados del camino, cansada de ataques machistas que observan una falda como si fuera una provocación. ¡No es justo!

¡No más Dianas! ¡No más monstruos!

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firma Irene

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