Esta es mi historia…

No recuerdo la edad a la que comencé a escribir, tal vez, tenía ocho o nueve años. Iba detrás de mis hermanas cuando escribía algo; son mayores que yo, por lo que su opinión siempre ha sido importante. Lo más curioso de todo es que a esa edad yo desconocía lo que era una novela negra o policíaca, pero ya escribía sobre ese género. Al crecer, cambié a mis hermanas por mis amigas, las llevaba a mi casa, nos metíamos en la habitación y yo les leía mis historias, era una especie de reto o de prueba, no sé explicarlo, una necesidad de experimentar con ellas, de ver que lo que había escrito les enganchaba y el mejor triunfo era que, después, me hicieran preguntas, eso significaba que las había atrapado. Y no creáis que esto es una tontería de la adolescencia, también lo hice con mis compañeras de piso cuando estudiaba en la universidad, y, ahora, con mi novio. Lo sé, puede que os parezca un poco cargante con la escritura…

Y, en realidad, no fue hasta los veintitrés años que tuve claro que quería ser escritora; quizás, porque vivimos en una sociedad donde lo más normal es ser peluquera, maestra, enfermera, cocinera, abogada, empresaria… ¿Ser escritora? Eso es de soñadoras… Tal vez, la culpa es de la ignorancia, de no saber que ser escritor no es una elección, sino una forma de vida. ¡Menuda exagerada!, pensaréis. Os juro que es la verdad, yo necesito tener una libreta en la mesita de noche por si de madrugada me despierto con alguna idea; he llorado y mucho por matar a un personaje, he tenido ansiedad, e, incluso, taquicardia por joderle la vida a mi protagonista, y soy feliz, porque al acabar un capítulo la adrenalina se dispara.

Durante unos meses, el trabajo me absorbió demasiado y no pude escribir por falta de tiempo. Era horrible, estaba siempre de mal humor, no tenía apetito, no quería hablar con mis amigas ni salir, hasta que volví a sentarme frente al teclado y todo empezó a fluir, toda la oscuridad, que se había acomodado en mi interior, despareció.

No es fácil, lo admito. Dedicarse a un mundo donde pocos triunfan, tan delicado, lleno de tanta competencia y de tanta envidia, no es tarea fácil. Pero hay que luchar, ese es el reto que nos pone la vida desde que nacemos.

Aunque, eso sí, las alegrías en este oficio son dobles. En los días en los que parece que nada sale bien, tengo que echar la vista atrás y recordar mi primera presentación. Fue increíble… Estaba muy nerviosa y no disfruté lo que debería haber disfrutado, pero estuve muy arropada por mi familia, mis amigos, Vero y Sera, mis vecinos… No viviré lo suficiente para agradecer todo lo que recibí, me sentí en una nube de la que, por mucho que lo intentara, no podía bajar. Hice más de doce presentaciones, viajé por varias ciudades y descubrí que, aunque era muy joven, me gustaba mucho visitar medios de comunicación: radios, periódicos y revistas.

Todo se acaba, así que, después de pasármelo tan bien, me lié la manta a la cabeza y me fui a Madrid, convencida de que era allí donde debía luchar por mi sueño. Una vez instalada, me puse a escribir un libro de narrativa, El país de los adultos, y, mientras lo escribía, terminé una obra de microteatro y una comedia teatral. También, hacía investigaciones para la trilogía. Quise hacer todo a la vez, aprovechar el momento y apostar por todo y, al final, nada. Me di cuenta de que menos es más y, tras muchos meses pensando, tomé una decisión: me dedicaría solo y exclusivamente a la trilogía.

¿Por qué es tan importante para mí la trilogía? Ese es mi gran proyecto, el todo o nada, como diría la canción, es la razón de mi existir. Os contaré algo que ni siquiera mis padres saben… Yo tenía diecisiete años, era agosto y mis amigos se iban de vacaciones un fin de semana, a mí no me dejaron ir porque era menor de edad. Total que me encerré en la habitación durante esos tres días, leí muchísimo y vi series y películas sin descanso, tenía que entretenerme. Fue con una serie de origen nórdico cuando la inspiración llegó; tuve una idea: crear una historia sobre la que no se había escrito nada en ningún libro hasta ahora. Comencé a escribir la historia en papel y a leer muchísima novela negra y policíaca, quería hacerlo bien. Solo tenía diecisiete años, pero sabía que era un proyecto ambicioso, así que le confié la historia que tenía en mente a una persona; esta me miró seriamente, resopló y me dijo: “si logras hacerlo bien, si las prisas no se apoderan de ti, será una de las mejores obras que se hayan escrito, tómatelo con calma”. Así que nueve años y medio después, estoy a punto de entregar más de doscientas páginas de manuscrito, y a menos de seis meses de presentarlo a editoriales. Tiemblo, tirito y hasta me entra la risa floja con los nervios… No sé si podré llegar a muchas o a pocas personas con la primera parte de la trilogía, pero de lo que sí estoy segura es de que, tras leerla, no seréis los mismos. Ya descubriréis el porqué…

Antes de terminar, me gustaría confesar algo, es lo bueno que tiene internet, que este parrafito se convertirá en una pequeña ventana donde ellos puedan asomarse cuando crezcan. Veréis, Serrat compuso una canción para los locos bajitos, aquellos por los que uno es capaz de robarle segundos al tiempo, esos locos por los que uno deja de reprocharle a la vida cada vez que los mira…

Tengo tres sobrinos y los echo tanto de menos… Pensaréis que la elección de luchar por mi futuro fue mía y solo mía, que alejarme de mi tierra tenía consecuencias intrínsecas que debería haber sopesado. Pues no, no lo hice, con veintitrés años fui demasiado egoísta, no medí las consecuencias o, tal vez, sí, tal vez, pensé que alejarme sería lo mejor para mí. Y si mis hermanas leen esto, dirán: “¿Por qué no nos lo has contado a nosotras antes?”. No sé, quizás, porque expreso mis sentimientos mucho mejor en papel que en las distancias cortas. Me torturo a veces pensando: ¿Y si al final no vale la pena? ¿Y si ese gran proyecto del que os hablé no funciona?, ¿de qué habrá servido mi lucha, mi sacrificio, mi ausencia? Si todo por lo que trabajo no sirve de nada, me sentiré tremendamente culpable por no haber sido una de sus coleccionistas de sonrisas, culpable de no coser en las telarañas de mi memoria más momentos junto a ellos. Solo espero que pase lo que pase en el futuro, cuando ellos me miren, sientan orgullo y fortuna por tenerme como tía, que me miren siempre con una sonrisa y que sean unos fieles seguidores de mis palabras y de mis novelas.

Por cierto, el primer libro va dedicado a mis hermanas, las artífices de estos tres locos bajitos…

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firma Irene

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