Los fantasmas literarios

La primera vez que conocí a Don Quijote fue a los ocho años y debo confesar que no me caía nada bien. Me parecía demasiado loco, lo que le pasaba no me hacía gracia y no entendía su comportamiento. Aunque a decir verdad, por más que se esforzaban en mi casa, pocos libros me gustaban. Tal vez, era una niña un tanto peculiar, y es que, mientras mis amigas escuchaban a las Spice Girls yo, escuchaba Los secretos, Bryan Adams

Fue a los doce o trece años cuando me volví adicta a los libros. Fui a la habitación de mi hermana, siete años mayor que yo, y cogí de su estantería el libro Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes; me fascinó por completo. Luego, seguí con La elegancia del erizo; no sabéis lo que significó esa novela para mí. Poco después, leí No somos los únicos que llevamos este estúpido apellido y, a continuación, me sumergí en la novela negra, con García Márquez y Crónicas de una muerte anunciada.

Hay varios tipos de lectores, yo me considero bastante exigente, y, tal vez, la razón por la que escribo sea esa: soy tan exigente que comencé a escribir historias que no encontraba en los libros, necesitaba inventar aquello que mis ojos querían encontrar.

Quizás, fue la prosa directa de Almudena Grandes, la elegancia de las autoras francesas, la inteligencia de García Márquez, Conelly o Grisgham, o la mezcla de todos estos autores, lo que me convirtió en una incansable en la búsqueda de la literatura.

Lloré como la niña que era con veinte años al leer La sal de la vida, de Ana Gavalda. Me quedé absorta, noqueada, triste, cuando Rosa Montero me abofeteó con sus palabras para enseñarme el significado de la vida, me paralizó con palabras como estas:

“La vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza”. (La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero)

Una noche de verano, mientras estudiaba para Selectividad, me adentré en la poesía como quien abre la ventana para que la brisa le acaricie y le susurre la soledad. Me di cuenta de cuánto necesitaba la poesía, descubrí que, aunque no la conocía, ya la echaba de menos. Desde entonces, Dámaso Alonso, José Luis Goytisolo, Bécquer, Rubén Darío, Estlin Cummings, Allan Poe o Dickinsong son mi religión, mi refugio en las noches en las que la vida y el miedo se me escapan.

Imaginaos por un momento el mundo sin literatura: vacío, oscuro, lleno de tormenta… La música nos haría llorar, nos emocionaríamos con el cine, pero nos faltarían las palabras… No sé realmente el motivo, pero las palabras duelen más, te arrastran y te hacen esclavo de ti mismo.

Necesitamos vivir con la belleza de las palabras, necesitamos su refugio cuando la esperanza queda destruida, necesitamos reír con ellas, bailar y llorar. Necesitamos la literatura, porque es el mejor regalo que, desde hace siglos, nos dejamos los unos a los otros, nuestro cuerpo volará en cenizas, pero las palabras… las palabras quedarán presas en el papel, quedarán orgullosas de ser inmortales por mucho que el tiempo siempre acuda fiel a su cita con los años.

firma Irene

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