Baraja las cartas del destino

¿No te ha pasado alguna vez que compras un libro con una ganas locas de saborearlo, de experimentar el Nirvana porque la sinopsis te ha apasionado tanto que esperas que sea “el libro de tu vida”, y, a medida que vas pasando las hojas, te vas decepcionando hasta el punto de no querer terminarlo? Pues así he estado. Además, como mi inspiración ha sido reemplazada por la fase de corrección de una de mis novelas, una parte cansadísima, pero indispensable y la más importante de todo manuscrito, decidí, hace unos días, dar un paseo y despejarme.

No te pienses que soy de ese tipo de personas (comúnmente llamada “friki”) encerrada entre las cuatro paredes de su biblioteca, que también, pero hay tiempo para todo y, cuando el cuerpo te pide fruta, te comes una fruta, pues, cuando el cuerpo me pide aire, salgo a la calle; claro, si no está cayendo el aguacero del siglo o hay tal viento que la puerta del portal ni se abre… Aunque es entretenido salir con tormenta, te conviertes en el niño que fuiste saltando los charcos…

Bueno, vale, reconozcamos que, ahora, a pesar de las botas de agua tan a la moda que calzamos, vamos demasiado chic por la calle y con prisas, golpeando a unos y a otros, nadie se atreve a empaparse o a cantar Singin’ in the rain. Pues… ¡yo lo hice hace dos semanas! Y os lo recomiendo, es una terapia buenísima.

No obstante, para mí, lo más divertido de salir a despejarte son los “libros” que te encuentras en la calle. El otro día, me senté en un banco de la plaza, al lado de mi casa. Hacía frío, pero me gusta el frío, adoro el invierno, los gorros-duendes (que te cubren la cabeza, las orejas, caen en cascada por la nuca y encima te dan un inmenso calor), las bufandas XXL, las rebecas de lana, las botas forradas de borrego, ¡la nieve!, sin olvidarme de los ratos en el sofá con la manta, palomitas y un buen libro (de esos que terminas con expectación).

El caso es que se sentó un hombre a mi derecha. Era mayor, de unos setenta y muchos años, con el pelo blanco, los ojos azul cristalino y la sonrisa “corega”. Vestía de manera elegante, era alto y se conservaba muy bien. Yo soy muy desconfiada, pero aquel anciano me sonrió de una forma tan cálida que me relajé enseguida. Se quedó observando cada rincón de la plaza y, a los pocos minutos, dijo:

–Se me ha olvidado la bolsa con las migas.

Extrañada, arrugué la frente sin comprender aquellas palabras.

–¿No te importaría acercarte tú a por pan? –me pidió–. Es que hoy me duelen más las piernas y sabes que me gusta venir aquí por las palomas.

–¿Quiere que lo acompañe a su casa? –me ofrecí sin pensarlo–. Quizá, necesite descansar y hace frío.

–No soy tan viejo como para que me hables de usted, mocosa –el anciano me guiñó el ojo–, pero te lo agradezco, siempre has pensado en mí antes que en ti –me dio dos golpecitos suaves en mi mano, la que apoyaba en el asiento–. Mira –señaló un grupo de palomas que se acercaban intentando encontrar algo en el suelo para llevarse al pico–, ahí vienen, puntuales como de costumbre.

–¿Quiere pan? –le pregunté.

–Si no te importa…

Me levanté y caminé hacia la panadería, en una esquina de la plaza. Compré un panecillo y regresé al banco.

–Gracias, cariño –cogió el pan y comenzó a desmenuzarlo–. Perdona, sé que odias que te llamen cariño, pero sabes que no puedo evitarlo.

Meneé la cabeza y sonreí. Ese señor dio en el clavo: odio el apelativo cariño.

–A usted se lo permito –contesté, mientras cruzaba las piernas y metía las manos en los bolsillos del abrigo.

–Ya estamos… –gruñó–. Deja de tratarme de usted, querida.

Solté una carcajada. Normalmente, no soy tan abierta con desconocidos, pero aquel hombre era muy simpático y sentí cierta conexión con él que, todavía, no puedo explicar.

–¿Quieres un poco? –me tendió un trozo pequeño del panecillo–. Todo el mundo las odia, las llaman ratas voladoras, pero, en realidad, son seres incomprendidos y solitarios que necesitan un poco de apoyo para integrarse.

–Yo no las odio –confesé y acepté el pan–, pero transmiten muchas enfermedades.

–A ver si resulta que ahora el Alzheimer nos lo contagian las palomas –bufó, indignado.

–No, pero… –chasqueé la lengua y troceé las migas. Las tiré al suelo despacio.

–Bobadas –movió la mano en un gesto negativo–. Además, parece mentira que ya te hayas olvidado. Fue todo gracias a las palomas.

–¿De qué me he olvidado? –quise saber.

–Del día que nos conocimos, por supuesto –me miró con una expresión entre la confusión y la tristeza.

Me recorrió un escalofrío, por lo que decidí incitarlo a que prosiguiera.

–Creo que sí… –no sabía qué decir, pero no quería irme sin escuchar la historia–. ¿Te importaría refrescarme la memoria?

–Ay, cariño –el anciano terminó de desmenuzar el pan y se recostó en el banco–. El sol quemaba la piel –sus ojos azules se posaron en un punto infinito, su rostro se relajó y sonrió–, yo estaba jugando al fútbol con los chicos, ahí –señaló el centro de la plaza, una especie de amplio círculo, unos escalones más abajo de donde estábamos sentados–. Acababa de meter un gol al equipo contrario y, entonces, un grupo de palomas volaron frenéticas a mi alrededor y algo me tapó la cara. Me detuve y me quité lo que era un pequeño sombrero de paja con cintas verdes. Escuché unos tacones cada vez más rápidos y cercanos a mí. Giré la cabeza y lo vi –el hombre suspiró con anhelo.

–¿Qué viste? –me moría de la curiosidad.

–Un ángel de cabellos castaños, ojos marrones claros, nariz respingona, altos mofletes, unos labios perfilados y rosados y una cara de niña dulce y coqueta.

¡Me acababa de describir! Por un momento, me quedé asombrada por el parecido que guardo con aquella mujer. Continué escuchando.

–Y, como siempre, me dejaste sin aliento –el anciano me guiñó un ojo de nuevo–. Ya te conocía, me refiero a que ya te había visto muchas veces en la plaza. Siempre tan seria, rodeada de palomas que tú te empeñabas en espantar, pero que ellas se empeñaban en acompañarte en tus paseos solitarios –emitió una suave carcajada.

–¿Cuántos años teníamos? –me aventuré.

–Yo, veinte y tú, dieciocho. Vaya cabeza la tuya –me reprendió con ternura. Yo me reí–. Me dijiste que te devolviera el sombrero, que era tu cumpleaños y que te lo habían regalado en la fiesta que estabas dando. Uno de mis amigos te preguntó que qué fiesta era esa si la cumpleañera estaba por ahí perdiendo sus regalos. Yo te defendí, claro, me convertí en un torpe caballero andante. Y se rieron todos de la situación. Enfadada, diste un golpe con el tacón en el suelo, tan fuerte que las palomas se espantaron frenéticas, algunas chocaron con nosotros y todos mis amigos huyeron corriendo.

–Nos quedamos tú y yo –afirmé sin perder el hilo e imaginándomelo todo.

–Así es. Yo te pregunté si eras una bruja, la bruja de las palomas. Estaba muy sorprendido –alzó las cejas mientras recordaba–, pues dos veces en escasos minutos las palomas habían revoloteado a tus órdenes.

–¿Y qué pasó?

El hombre soltó una risita y me miró. Me cogió de la mano y la apretó con suavidad.

–Que me sonreíste.

El anciano se levantó despacio.

–Espera, ¿qué más…? –me incorporé también.

–Ahora te toca a ti, Sofía, aunque mejor lo posponemos para nuestra siguiente cita, empieza a hacer demasiado frío –se frotó los brazos con algo de esfuerzo–, ¿te parece? Como el libro Las mil y una noches, tu favorito.

Yo me quedé clavada en el suelo, sin respirar. Mi nombre… Mi libro preferido…

–¿Cómo sabes mi nombre? –le pregunté en un hilo de voz.

–¿Cómo podría olvidar el nombre del amor de mi vida?

Seguí con la mirada al enigmático anciano. Él salió de la plaza y se perdió entre las calles.

Al día siguiente, regresé a la misma hora, pero no lo encontré. Lo intenté más veces, y nada. Quizá, me he vuelto loca y aquello fue un sueño, pero he decidido sentarme en ese banco más a menudo, imaginarme los “libros” que hay a mi alrededor, o formar parte de esas historias, o dedicarles un final feliz. Por ejemplo, un hombre echa a correr tras mirar el reloj, puede que llegue tarde a una cita… ¿Quién sabe lo que deparará el destino? ¿Te atreves a barajar las cartas?

Oye, y si llueve, ¡sonríe y chapotea! Deja salir al niño que llevas dentro y que, a veces, nos olvidamos de que existe…

Hay historias que son como la lluvia, refrescan las ganas de vivir…

firma Sofía

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s