Cuando mi sueño murió…

Veinte años tenía cuando mi mundo se vino abajo, una edad en la que cualquier mínima cosa puede destrozarte…

Corría el año 2006. Acababa de terminar tercero de Periodismo y era obligatorio realizar prácticas en ese verano. Me encantaba la prensa escrita, en especial, la sección de cultura. En aquel momento, yo concebía que ser escritora era ser periodista y que inventarse historias de ficción eran un mero hobby, un pasatiempo que cubría los ratos libres. Qué equivocada estaba… Ahora lo sé, ahora soy escritora y esto, le pese a quien le pese, porque hay mucho ignorante repartido por el mundo, es un trabajo.

Habíamos hecho prácticas en los estudios de radio y de televisión de la universidad. Basta decir que si me gustaba escribir para prensa, y odiaba hablar a través de un micro o delante de una cámara, era por algo, creedme. Fracasaba en la entonación y mi expresión de seriedad siempre se confundía con enfado o con “el morro torcido”. Ni me gustaba, ni era lo mío, así que envié mi currículum a todos los periódicos de Toledo (soy toledana, bien orgullosa estoy de mi bella ciudad imperial).

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La redacción del ABC-Toledo era pequeña. El ambiente era muy agradable, todos se llevaban genial, bromeaban cada poco, demostraban una gran experiencia y, si surgía un problema, la ayuda era generalizada. Además, conocían a mi abuelo Pablo, el padre de mi padre, y le apreciaban mucho, lo que se traducía a que yo estaría a gusto allí, en familia.

Para mi sorpresa, en mi segundo día me enviaron sola a una rueda de prensa. Evidentemente, era una tontería de noticia, pero para mí fue la primera más importante de mi vida como futura periodista. No dejé de sonreír de lo emocionada que estaba, pero, ¿sabéis qué me pasó cuando volví a la redacción? Me di cuenta de que no había grabado nada… ¡Se me había olvidado encender la grabadora! Increíble, pero cierto…

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Acudía a ruedas de prensa de temas sencillos (estaba aprendiendo), comparaba mi información con la de las agencias, redactaba mi noticia, me la corregía el director y telefoneaba a última hora de la tarde a los servicios de emergencias por si había sucedido algo digno de mención. Cuando llegaba a la redacción cada mañana, cogía un ejemplar del periódico y buscaba mi firma. Os prometo que los primeros días daba saltitos de alegría…

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Entonces, llegó agosto y el director me envió a mi primera rueda de prensa de política, la sección que abría nuestra edición dentro del ABC. Ese año, Toledo había cambiado de alcalde y de partido político; el nuevo se llamaba Emiliano García-Page y era del PSOE. Yo no le había visto nunca, pero en esa rueda de prensa me pareció una buena persona que no hablaba mirándote por encima del hombro como hacen casi todos los políticos. Me resultó cercano y simpático.

Volví a la redacción y me encontré con que mi noticia sería la principal del día siguiente. ¡Mi nombre estaría en la portada de la edición de Toledo del ABC! Recuerdo también que se me saltaron las lágrimas… ¡Mi sueño hecho realidad!

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El director, como siempre, corrigió mi noticia y mi felicidad se desvaneció… Ni una sola frase era mía, la había reescrito entera, y saldría con mi firma. Su explicación, acompañada de una sonrisa, fue: “Esto es el ABC”. No hizo falta que añadiera más.

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En Periodismo, la primera palabra que te sueltan en tu primera clase de tu primer año es objetividad y los profesores se tiran el resto de la carrera repitiéndote sin cesar que un periodista siempre debe ser objetivo, que los periodistas están para informar de manera neutral. Informar. Ya, claro. Por supuesto, un periodista hace más que informar, pero ante todo debe informar.

Cuando me desahogué con mi novio esa noche (ahora es mi marido), un apasionado de las noticias y de la política desde que tiene uso de razón, me contestó que la línea editorial de un periódico existía por algo. Vale, perfecto, pero a mí me parecía muy injusto. ¿Por qué tenía que criticar a alguien si creía que estaba haciendo algo bien? Además, no llevaba el nuevo alcalde ni tres meses en el puesto, ¿no se le debía dar una oportunidad para que demostrase su valía?, ¿había que juzgarle de primeras solo por ser de un partido y no de otro? ¿Dónde estaba la objetividad?

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Perdí la sonrisa. Perdí las ganas. Me perdí a mí misma… Seguí “escribiendo” la noticia de portada. Mis padres coleccionaban los periódicos con un orgullo impresionante. No les conté nada, yo no sería quien les robase a ellos la ilusión, sabía lo que era eso… Puede parecer una bobada, pero dejé de creer en mi futuro como escritora, lo que siempre había deseado desde pequeña… ¿Cómo decirles a mis padres que no quería ser periodista y que me había dado cuenta de que no valía para escribir, porque eso era lo que sentía, que no valía? ¿Cómo decirles que no sabía qué hacer con mi vida, que estaba perdida? ¿Conocéis el miedo de sentirse a la deriva? Tenía veinte años. A esa edad todo es un mundo. Todo. Lo bueno y lo malo. Todo…

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En septiembre hablé con el director del ABC-Toledo y le rogué que por favor me metiera en la sección de cultura, que no me gustaba la política. Aceptó. Y comencé mi último mes de becaria en la sección de cultura, mi favorita, pero, por desgracia, la decepción la cargaba a cuestas, era un dolor constante en la espalda y una presión insoportable en el pecho, así que tampoco me sirvió de mucho. Terminé la beca sin querer regresar a la universidad.

En cuarto de carrera, después de aquel verano, me enamoré a primera vista del diseño gráfico y de la maquetación, por lo que mi sueño roto de ser escritora se fue convirtiendo en el de ser maquetadora. No me llenaba igual, ni mucho menos, pero mi vacío empezó a llenarse. Aparqué la escritura, era incapaz de escribir nada, ¡incapaz! Y me centré en el diseño impreso, en especial, el de los libros. Descubrí un nuevo mundo, fue un golpe de puro aire fresco. Trabajar en una editorial, ayudar a crear libros, estar rodeada de libros… ¡Oh, sí!

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El sueño de mi padre era que trabajara en un gran periódico, supuestamente mi sueño también. Quería que hiciera el master de Periodismo de El País. No me atrevía a contradecirle, estaba tan ilusionado… Y aprobé los exámenes de acceso, pero en la entrevista personal…

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Pilar Cebrián me preguntó que dónde me veía en veinte años. Jamás olvidaré aquella entrevista… Yo me eché a reír porque la respuesta me vino a la cabeza en menos de un segundo. “¿Puedo ser sincera?”, le dije a la mujer. Ella sonrió y asintió. “En una editorial, rodeada de libros, míos y de otros autores”, fue mi respuesta. Temblé de miedo, lo recuerdo perfectamente. Sabía que lo fastidiaría todo al ser sincera, pero algo dentro de mí se reveló: ahora o nunca. La sonrisa de Pilar Cebrián se agrandó: “¿Y qué haces aquí, Sofía?”. “Cumplir el sueño de mi padre”, contesté, llorando ya. Ella me deseó mucha suerte, me aconsejó que hablara con mi padre y me abrazó. Sí, me abrazó. Y yo lloré como una auténtica magdalena.

Ese día, el abrazo de una desconocida me devolvió las ganas de creer y las ganas de luchar por mi verdadero sueño. Verdadero, porque ese día me di cuenta de que ser escritor no es ser periodista, es ser escritor, a secas.

Ese mismo día también, por la noche, me senté con mis padres y les expliqué todo, con discusión incluida, pero con el resultado que yo necesitaba. Son los mejores, qué puedo decir… (Papá, mamá, gracias… Gracias a vosotros estoy donde estoy, que es donde he querido estar siempre, y esto es algo que no tiene precio).

Después, antes de dormirme, estaba sentada en el sofá viendo una película en la tele y, de pronto, me imaginé una escena en Londres en el siglo XIX, me imaginé que un hombre y una mujer bailaban en un gran salón… Cogí papel y pluma y comencé, sin saberlo en ese momento, mi primera novela…

Pero eso es otra historia que ya os contaré otro día…

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firma Sofía

2 comentarios sobre “Cuando mi sueño murió…

  1. Que bonito sofia. Me alegra que pese a las desilusines, encontraras relamente tu vocacion. Todos piensan que los periodistas deben decir la verdad. Lamentablemente esto pocas veces ocurre debido a las presiones que sufren los medios por los politicos del momento

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    1. Tienes toda la razón, y es una pena… Pero todo sirve de algo, lo malo sobre todo. Fue una experiencia que, como tú dices, me llevó a descubrir lo que de verdad me apasiona 😊
      Gracias por comentar!! Un beso enorme!! 😘😘😘

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