De niña, soñaba…

Cuando era pequeña, creía que los escritores eran seres mágicos que vivían en un mundo maravilloso con infinidad de contrastes, colores, luz por doquier, pero también con sus partes en blanco y negro y con su oscuridad. Los imaginaba subidos a lomos de animales gigantescos, sobrevolando cielos violáceos con estrellas de color verde y un sol rosa inmenso; en el aire, trazaban con lápices lo que debía suceder a continuación: dibujaban princesas valientes que escapaban de torres y ayudaban a caballeros armados a matar a los infames que las habían secuestrado, o herido; los escritores asesinaban las maldades para que la felicidad y el amor triunfara sobre todas las cosas. Y tenían discípulos, eran niños y niñas que, montados en pequeñas nubes que rozaban el suelo, cargados con lápices y cuadernos en blanco, aprendían de ellos, les imitaban, pero añadiendo su toque inocente y humilde, porque la inocencia y la humildad son tan importantes como la experiencia y la sabiduría. Y lo hacían sin parar: acababan una aventura y comenzaban la siguiente; había para cualquier tipo de lector, historias de cualquier género, aunque siempre con finales felices, soy una romántica empedernida, ya me conocéis…

Y todos esos escritores eran únicos, eran especiales, eran los dioses de las palabras, capaces de crear un mundo de inagotable imaginación, un mundo repleto de sueños por descubrir, un mundo en el que me sumergía cada vez que abría un libro…

Veía a los escritores en la televisión o leía entrevistas en los periódicos y los admiraba con tanta solemnidad que, luego, en el refugio de mi habitación, jugaba a ser una de ellos: me sentaba en una silla con varios libros en mis piernas como si los hubiera escrito yo, frente a mi cama, donde había colocado previamente mis muñecas y mis peluches como si estuviera en una especie de teatro y ellos fueran mi audiencia, audiencia que, por supuesto, no cabía de tanta como había asistido a mi conferencia, deseosos de escucharme hablar de mis obras; les relataba historias que me inventaba y respondía a sus mudas preguntas como si se tratase de una entrevista de verdad, hasta me sentía importante, ¡era escritora!

Qué bonito es soñar, ¿verdad? Pero no solo cuando eres un niño, sino también cuando eres un adulto. Crecí, pero seguí imaginándome todo eso, seguí jugando a ser escritora incluso con veinte años, y siempre creyendo que un día lo lograría. Y lo logré. Un día me senté en el sofá y comencé mi primera novela. Otro día, tiempo después, la publiqué. Otro día, tiempo después, recibí la primera opinión de un desconocido. Otro día, tiempo después, publiqué una segunda novela. Otro día, tiempo después…

Sí, qué bonito es soñar, pero más bonito es cumplir un sueño, y más bonito aún es vivir ese sueño como tu realidad. No hay que dejar de creer, tampoco de luchar. Las cosas más especiales son las que más esfuerzo conllevan y las que más satisfacción te regalan. Y, a pesar de las decepciones que se sienten en el viaje, de los pisotones que da la gente mala, de las envidias que se generan, de las traiciones que se reciben sin merecerlas… de toda esa parte que, a veces, te hace replantearte si continuar o no, a pesar de todo esto, sigo volviendo al refugio de mi habitación, sigo sentándome frente a mis peluches (y ahora también con mi hija como una espectadora más), sigo contando historias que hacen que mis ojos no dejen de brillar y que mi corazón no deje de palpitar como la primera vez… Sí, como la primera vez que sujeté un libro en mis manos, o que lo leí…

De niña, soñaba con ser escritora, pero sin saber lo maravilloso que puede llegar a ser vivir en ese mundo de infinidad de contrastes, colores, luz por doquier, con sus partes en blanco y negro y con su oscuridad… Sí, de niña soñaba, pero sin saber que el destino me tenía preparada la mejor aventura de mi vida: seguir soñando incluso cuando se apaga la luz…

firma Sofía

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