He vuelto…

Mi abuelo siempre se sentaba en el mismo banco de la estación de tren de mi pueblo, Luengo, desde antes de que yo pueda recordar, el último, el del fondo, el más alejado del edificio. Siempre. Y ahí fue cuando lo vi mi última vez en Luengo. Desde entonces, han transcurrido tres largos años en los que he estado… perdida.

Hace ya mucho tiempo que mi abuela se fue a vivir con los angelitos del cielo. Se murió con sesenta y tres años. Ana… Era demasiado joven cuando nos abandonó, demasiado… Ahora me doy cuenta.

Yo era una niña de ocho años cuando una noche mi madre recibió una llamada de madrugada. Dormía con mi hermana mayor en la misma habitación. Me desperté por el ruido del teléfono, pero no me moví. Como si lo presintiera, me asusté. El cuarto de mis padres estaba pegado al nuestro, pared con pared. Escuché el ruido del armario al abrirse con rapidez, chirrió un poco la madera. Más ruido… La culpable era mi madre, que se vestía con prisas. Sin importar la hora, salió escopetada escaleras abajo, cogió las llaves de casa y del coche y abrió la puerta principal, que al segundo cerró con un golpe seco. Y a pesar de ser seco, retumbó en mi pecho produciéndome quemazón.

Silencio. Oscuridad.

¿Qué ocurría?, me pregunté una y otra vez. Estuve a punto de acudir a mi padre, a quien oía caminar despacio de un lado a otro. Mi hermana seguía durmiendo. Mi hermano, en otra habitación, enfrente, no mostraba signos de estar despierto. Apreté la manta que me cubría y caí de nuevo en el sueño, un sueño que se vio interrumpido por el choque de unas llaves contra una cerradura.

Mi cuarto se encontraba al inicio de las escaleras y nunca se cerraba, por lo que me incorporé de un salto. Descalza, me dirigí a los escalones, me agaché, quedé escondida gracias a la barandilla, y, a través de las ranuras, observé la entrada de mi madre. Cayó de rodillas a la alfombra del recibidor, se tapó la cara con las manos y su cuerpo comenzó a temblar. No pronunció sonido, pero yo sabía que estaba llorando. Mi padre salió corriendo escaleras abajo. Al pasar por donde yo estaba, me miró tan triste que sentí un horrible escalofrío. Mis pensamientos se centraron en mi abuela Ana.

Dos días después, ya en pijama y preparada para meterme en la cama, me acerqué al baño de mis padres. Mi madre estaba poniéndose el camisón. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Recuerdo que le pregunté que qué pasaba. También recuerdo que me observó una eternidad, suspiró y me dijo: “que tu abuela Ana se ha muerto”. Acto seguido, apagó la luz. No me dio tiempo llegar a mi cama cuando las lágrimas mojaron mis mejillas y la rabia, una emoción que hasta ese instante desconocía, se apoderó de mí.

Y esto, como todo en la vida, terminó cicatrizando. Cuando mi hermana se marchó a la capital para continuar con sus estudios en una prestigiosa universidad, nos fuimos del pueblo y nos mudamos a la ciudad. Cada verano volvíamos, aunque a casa de mi abuelo, pues vendimos la nuestra. Sin embargo, las estancias en Luengo se fueron acortando hasta el punto de ir solo mi madre y yo. Mis hermanos adoraban las fiestas, los amigos, estudiar y no trabajar, y odiaban meterse en una población de dos mil habitantes desde junio hasta septiembre, población que cuenta con cuatro bares y una piscina y está rodeada de campo, campo y más campo. Mi padre pegó el pelotazo con una pequeña empresa que creó y el trabajo le dificultó abandonar la capital, por lo que también dejó de visitar el pueblo, salvo lo estrictamente necesario: toda nuestra familia era de allí y la mayoría vivía allí. Yo estudié periodismo, mi mayor pasión siempre ha sido escribir. Mi abuela Ana escribía, por cierto. Sin embargo, parece que he olvidado que escribir es mi pasión, he perdido la ilusión, y, no sé por qué, llevo un tiempo soñando con mi abuela, así que, como soy de esas personas que creen que la vida está llena de señales, aquí estoy, en Luengo, sin billete de tren de vuelta.

—Bueno, vamos a allá —me animo para espabilarme.

Entonces, salgo del tren, giro el cuerpo para buscar a mi abuelo y una profunda mirada castaña choca con la mía y suspende mi corazón, igual que en una época, hace tres años, en la que escribir era mi pasión, sencillamente porque él, solo él, era mi inspiración…

Segundos eternos después, mi corazón vuelve a latir con tal fiereza que se me escapa una carcajada mezclada con un sollozo. Observo el cielo, sonriendo y con lágrimas de alivio bañando mi rostro, y le agradezco a mi abuela que me haya hecho volver, porque ha sido ella. Una suave brisa acaricia mi mejilla.

—Ana… Has vuelto… —susurra el dueño de esa profunda mirada castaña.

Sí, me llamo como mi abuela. En realidad, nuestro nombre es Ania, no Ana; mi abuela era rusa, una historia de lo más interesante la de mis abuelos, por cierto, pero os la contaré en otro momento, ahora mismo estoy un poquito ocupada porque…

—He vuelto…

firma Sofía

2 comentarios sobre “He vuelto…

  1. Puffff, cómo me encantas y cómo me intrigas. Me pregunto cuánto hay de verdad, cuanto de casualidad y cuánto de inspiración. Pero que bien eso de volver… me gusta ❤️❤️

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s