Hoy se cumplen dos años…

El lunes 4 de abril de 2016 cumplí las cuarenta semanas de embarazo, salí de cuentas. Ese día a las 20:00 horas tenía la revisión con mi obstetra, Beatriz, y, por primera vez en nueve meses de embarazo, Bea se mantuvo seria y sin hablar. Eso me asustó, pero lo que de verdad me puso la piel de gallina fue cuando nos sentamos frente a su escritorio y, mirándome con preocupación, me dijo: “Tienes el líquido amniótico por debajo del mínimo. Hay que ingresarte y provocarte el parto, a pesar de que tienes el cuello del útero muy verde. Mañana, a primera hora”. Recuerdo como si fuese ahora mismo que se me vino el mundo encima… No cené. Casi no dormí. Estaba muy nerviosa, tenía tanto miedo que no hablaba y me temblaban las manos.

A las 09:30 h. del martes 5 de abril de 2016 ingresé en la clínica y, a las 10.30 h., la matrona me puso la oxitocina y me rompió la bolsa. Las contracciones fuertes comenzaron a las 14:00 h. De la matrona prefiero no hablar, solo diré que me hizo la maniobra de Hamilton sin avisarme, mucho menos sin preguntarme (tienen la obligación de preguntarte y de no hacerla si tú te niegas), pegué tales chillidos de dolor que me quedé encogida en la cama llorando unos minutos, con mi marido sujetándome la mano y besándome el pelo para calmarme.

A las 18:30 h., no podía más con el dolor de las contracciones. Solo había dilatado un centímetro desde las 10:30 de la mañana. Me pusieron la anestesia epidural y os juro que resucité… Y a las 22:30, Bea me dijo que me llevaban a quirófano porque ni siquiera había dilatado dos centímetros y que había que sacar al bebé ya, cesárea de urgencia. Mis padres y mi marido me dieron un beso como despedida; recuerdo esos ocho besos, y digo ocho porque mi padre me dio seis seguidos en la frente, los conté.

Y después de muchos tirones, mi bebé nació, pero no le escuchaba y sabía que ya no estaba en mi tripa… Me asusté. Lo primero que pensé fue que no lloraba. Algo iba mal. Pregunté, pero nadie me dijo nada y, de repente, un llanto me devolvió a la vida… Eran las 23:15 h. Luego me enteré de que le tuvieron que hacer la reanimación porque nació sin respirar, y es que el cordón umbilical era muy corto (como la palma de mi mano de largo), las contracciones la empujaban hacia abajo, pero ella no podía bajar, precisamente porque el cordón no se lo permitía… No hay un solo día en el que no agradezca cada noche que mi hija esté con nosotros.

Me destaparon el pecho, una enfermera con mucho salero me colocó a mi hija junto a mi corazón y mi bebé, automáticamente, dejó de llorar… Es imposible poder describir las emociones, porque estás desbordada en ese momento, todo te sobrepasa. Yo reí, no lloré, reí mucho, pero muchísimo, a carcajadas, estaba tan feliz que me resultó imposible parar de reír. Enseguida, se llevaron a mi hija para limpiarnos a las dos. Esa misma enfermera fue quien se encargó de mí y me dijo: “No te hagas la fuerte. Si sientes un mínimo de dolor, avisa y que te den algo, porque una cesárea es una operación y duele, duele mucho, hablo por experiencia”. Todavía recuerdo a esa mujer, un amor de persona, con acento andaluz y expresión pícara que me arrancaba una sonrisa constante.

Cuando llegué a mi habitación, estaban mis padres y mi marido con el bebé. Me regalaron infinitas felicitaciones e infinitos besos. Mi marido estaba callado, con los ojos brillantes y miraba embobado a nuestra hija y a mí como un partido de tenis. Mi madre me abrazó con fuerza y me susurró al oído: “Mi niña ya es mamá”. Y mi padre, entre carcajadas, me contó que, cuando salió Bea del quirófano para comunicarles que el bebé había nacido sano, se fueron a la habitación los tres, pero que a mitad de camino mi marido se dio la vuelta y volvió corriendo para saber si la mamá, o sea, yo, también estaba bien… Increíble… ¡Se olvidó de mí! Una anécdota divertida que relataré a mi gordita cuando sea mayor.

Esa noche fue la peor de todas. La niña temblaba en mi pecho porque tenía mucho frío, por lo que se la llevaron a uno de los nidos con calor. No pude dormir con ella, tampoco dormí más de dos horas porque, cuando terminó el efecto de la epidural, llegaron las contracciones del útero. Fue insoportable… Lloraba del dolor, un dolor que persistió hasta que los calmantes hicieron efecto, a las cuatro de la madrugada. A las 6:00 nos trajeron al bebé a la habitación y, os lo prometo, el dolor, la falta de sueño, el cansancio, el no poder moverme de la cama por la operación, todo… desapareció.

Me levantaron de la cama a las 10:00. Bea me dijo que hiciera mi vida, lo que me permitiera mi cuerpo, así que desde esa hora empecé a pasearme por la habitación. No podía andar bien, iba muy despacio y notaba una presión constante en el vientre que me dificultaba sentarme en el sillón en condiciones, tenía que acomodarme medio tumbada, pero no me importaba nada, estaba feliz, tenía a mi gordita conmigo.

El viernes nos fuimos los tres a casa. Mi marido contaba con quince días de paternidad en el trabajo. Fueron los quince días más maravillosos de mi vida… Yo me tumbaba de vez en cuando, pero muy poco, andaba por casa todo lo que quería, me levantaba de la cama yo sola, sin ayuda, haciendo malabarismos porque la cesárea me impedía actuar con normalidad. Me defendía, quería defenderme sola, ver lo que era capaz de hacer, y, sobre todo, recuperarme pronto. Soy fuerte e independiente, y eso lo he heredado de mi madre, la mujer más dura que existe en el mundo, la mejor.

El problema apareció sin avisar el domingo por la tarde. La niña acababa de dormirse tras tomarse el bibi y yo comencé a sentirme mal, no físicamente. Me tumbé en la cama, mi hija estaba en el moisés, a mi lado. La contemplé un rato y las lágrimas se deslizaron por mis mejillas como dos ríos. Mi marido se acercó para estar con nosotras y, al verme llorar, me abrazó y me preguntó que qué me pasaba. Mi respuesta fue sincera: “No lo sé, Dani… No lo sé…”, le repetí una y otra vez. Y era cierto. Lo único que sabía era que me sentía muy mal, pero desconocía el motivo, y creo que eso era lo que más me hacía llorar. Así estuve cinco días, llorando sin previo aviso. Uno de esos días le dije a mi marido que me perdonase, que yo no era tan fuerte como pensaba, que a lo mejor no quería tener más hijos, que no estaba segura de poder pasar otra vez por lo mismo, que era una persona débil, que no valía para eso… Sentía que no podía moverme bien, tenía las piernas tan hinchadas que las notaba hormigueando continuamente, mi palidez era enfermiza y mi estado anímico era tan vulnerable que el pánico me devoraba cada segundo por culpa de esos ataques de llorar que me daban, de esa tristeza tan inmensa que me asolaba…

Puede parecer una tontería, pero hay que vivir esto para saber lo que es. La depresión post-parto es horrible, y somos muchas las que la padecemos, y muchas las que no hablamos de ella por miedo a que nos juzguen… En cada mujer, esta depresión actúa de una forma distinta, cada mujer se siente de una manera diferente, cada mujer es un mundo… Yo, a pesar de esto, me considero afortunada porque mi embarazo fue perfecto en todos los sentidos, mi cesárea salió bien, mi hija nació sana, aunque la reanimaron, y mi recuperación de la operación fue increíble (Bea se quedó impresionada al verme en su consulta para una revisión a los diez días del parto). Y de todo se sale, más tarde o más temprano, pero de todo se sale. Recuerdo que estuve cinco meses sin poder rozar mi vientre, sentía que me quemaba con fuego cada vez que algo me tocaba la piel sin querer, inconscientemente me echaba hacia atrás.

Y no vuelves a ser la que eras, no, te conviertes en una mujer más fuerte, te conviertes en una persona mejor, ¿sabes por qué? Por tu hijo. Algo tan pequeño, algo tan inocente, como lo es un bebé, es lo que te motiva a luchar cada día por una vida mejor, tu vida, la que tú estás creando. Ese ser tan indefenso te necesita, pero tú también lo necesitas a él. Ser mamá es lo mejor que me ha pasado, lo más maravilloso. Desde entonces, vivo con una preocupación constante, pero con una felicidad tan infinita que merecen la pena el estrés, los malos momentos, las lágrimas, el dolor… Y si volviera el tiempo atrás, lo viviría tal cual lo estoy viviendo ahora, incluida la depresión. No me arrepiento de nada, nunca me he arrepentido y nunca me arrepentiré.

Hoy se cumplen dos años de aquel día. Estoy donde quiero estar y como quiero estar. Esta es mi vida y me encanta.

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firma Sofía

2 comentarios sobre “Hoy se cumplen dos años…

  1. He llorado como una boba, lo siento, no he podido contenerme….
    Es un momento precioso y duro a la vez. Cada una viviendo la historia de la maternidad como puede, como viene…y llegan esos extremos que viajan entre el amor incondicional, la recuperaciòn y la presiòn social….
    Es un desmadre total!!!!!
    Me encanta leerte, lo sabes…y cuando te encuentro en estas lìneas, repito que eres genial!!!! Feliz nueva vida Sofìa!!!

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    1. Muchas gracias!! La verdad es que la maternidad es muy dura, pero yo se la recomiendo a todas las mujeres que conozco, creo que es una de las pocas cosas de la vida donde lo bueno supera a lo malo de manera infinita!!!
      Un beso enorme!!! 😘😘😘

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