La música que hay en mí nunca se apagará…

Desde que guardo mis primeros recuerdos, la música ha formado parte de mí casi, casi, casi tanto como la escritura.

Tenía seis años cuando le pedí a mis padres aprender a tocar el piano. Me apuntaron al Conservatorio, pero solo estuve seis meses. Lo dejé. Mi profesor de solfeo era un auténtico gilipollas… Falté un mes porque estuve enferma y, a la vuelta, ese profesor me sacó al piano delante de todos (la clase era muy numerosa y de todas las edades); tocó unas notas y me preguntó que cuáles eran. Obviamente, no las sabía porque acababa de incorporarme después de tanto tiempo sin poder asistir, y él me regañó, poniéndome como ejemplo de mala alumna y, cito textualmente (lo tengo grabado): me importa una mierda su vida, usted me hace perder el tiempo, la música no le importa, no vuelva más. Me eché a llorar y salí del aula. Llamé a mi madre desde la recepción del edificio para que viniera a buscarme. Cuando llegó, habló con la profesora que me enseñaba a practicar piano. La profesora le dijo que me sacara del Conservatorio, que yo valía mucho más que todo eso y que nunca dejara de tocar.

Pero… lo dejé. Me dolió tanto lo que me hizo ese profesor que estuve cuatro años sin querer saber nada del piano, hasta que mi madre se enteró de que había una mujer cerca de casa que daba clases particulares de piano para una escuela inglesa. Nada más conocerla, mi madre le contó lo que me había pasado en el Conservatorio; la mujer me sonrió, me pidió que me sentara frente a su piano y que tocara lo que quisiera. Eso hice: toqué la primera parte de El himno de la alegría, de Beethoven. Y así estuve ocho años más hasta que me mudé y tuve que finalizar las clases.

De eso hace ya catorce años y medio, y, desde entonces, toco lo poco que recuerdo cuando voy a casa de mis padres, que es donde está mi piano, me lo cuidan porque en mi propia casa no me cabe. No soy ninguna artista, nunca lo he sido, como tampoco he compuesto nada (no me atrae componer), pero eso de practicar durante horas la partitura de una canción que me gusta, hasta aprendérmela de memoria y luego tirarme días y días tocándola sin parar… ¡me encanta! Qué pena que no pueda hacerlo cuando quiera…

Estoy pasando unos días un poco tontos… Me atacan las migrañas, mi piel se resiente con los dichosos eccemas que no me dejan tranquila y mi estado de ánimo es nefasto, me siento decepcionada, triste, perdida la mayor parte del tiempo. Cuando me encuentro así, me apetece mucho tocar el piano. ¿Sabéis cuál es mi terapia favorita cuando eso ocurre y no tengo mi piano cerca? Normalmente, es escribir, pero hay ocasiones, escasas pero las hay, en que necesito solo música, así que me pongo los auriculares en las orejas, subo la música del móvil a todo volumen, cierro los ojos y bailo como una loca por casa hasta que noto que la sonrisa en mi cara es tan grande que hasta me duele. Y, ¿a que cada canción te recuerda a alguien o algo, y, en ese momento, te das cuenta de lo mucho que lo echas de menos, de que es un tiempo o una persona que no volverá?, ¿a que sí? Es un sentimiento agridulce. Las migrañas y los eccemas continúan porque esos minutos con música, en realidad, eran recuerdos, unos recuerdos bonitos, pero recuerdos, al fin y al cabo.

Supongo que lo que me pasa es que, como me diría mi tía, estoy “madurando”. Lo que no soporto es que parece que solo maduramos cuando recibimos una hostia con la mano abierta. Yo me acabo de llevar una, y estoy viviendo las fases del “duelo”, ahora me encuentro en la de aceptar, así que estoy… que no estoy, o que no quiero estar, porque sigo sin aceptarlo del todo. Lo haré y, por tanto, maduraré; hasta entonces, seguiré entre recuerdos que nunca volverán. No es que no quiera avanzar, es que creo que el futuro es tan incierto que nos morimos de miedo por lo desconocido, nos bloqueamos.

Y eso que me ha sucedido me ha recordado a cuando tenía seis años y ese profesor del Conservatorio me dijo aquello. El sentimiento es el mismo que ahora. Solo espero no tardar cuatro años esta vez en encontrarme…

Hay una frase que el otro día leí en una novela (Y yo a mí, de Elsa García), una frase que me marcó por lo identificada que me siento: Ahora mismo necesito que me apoyen, que me quieran, que me hagan reír y que me recuerden que la lluvia puede ser fría y gris, pero que sin ella no conoceríamos el arcoíris.

Cuando alcance la fase de ¿A quién le importa?, de la fantástica Alaska, seréis los primeros en saberlo. Mientras, escribo, escucho música bailando como un loca y toco el piano, ¿sabéis por qué? Porque la música, como dijo Lawrence Durrell, es amor buscando palabras, y, por tanto, a pesar de lo malo que me pase, la música que hay en mí nunca se apagará…

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firma Sofía

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