¿Por qué escribo romántica?

La lectura ha sido siempre parte de mi esencia, suena existencial, pero es así. Tenía seis años cuando mi madre empezó a leer conmigo media hora antes de irme a dormir, pero me saltaba las líneas sin darme cuenta. El problema se resolvió enseguida: necesitaba gafas. Y cuando utilicé mis primeras gafas, azules de Snoopy, descubrí un nuevo mundo, la lectura, donde podía ser yo misma. Por fin encontré ese click que llenaba un vacío que no entendía, pero que sabía que tenía, hasta ese momento. Fray Perico y su borrico fue mi primer libro y el primero que me marcó. Era muy tímida, muy callada y muy seria, pero cada vez que leía me sentía completa y mis inseguridades se desvanecían por arte de magia. A partir de ahí, no dejé de leer. Creo que no ha habido un solo día en el que no haya leído hasta hoy, al menos no lo recuerdo.

Y como a todo lector, hubo un autor que hizo que ese click se completara más, también sin yo saberlo hasta ese momento. Encontré El misterio del solitario en el salón de mi casa. Se lo robé a mi madre. Por curiosidad, y porque siempre me han gustado los libros gordos, empecé a leérmelo. En dos días me lo acabé de lo enganchada que estaba, la historia me pareció increíble. Todavía hoy puedo hablaros de las emociones que sentí con esa novela, el segundo libro que me marcó. Jostein Gaarder se convirtió en mi escritor favorito. A partir de ahí, todos los libros que el autor publicaba o que ya había publicado y no me había leído mi padre me los compraba y yo los devoraba, aunque reconozco que El mundo de Sofía necesité leérmelo cuatro veces seguidas hasta que lo entendí, tenía catorce años.

Así fue transcurriendo mi vida entre lecturas de aventuras, de magia, filosóficas y policiacas. Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y J. K. Rowling se unieron a Jostein Gaarder en la estantería que fui creando en mi adolescencia.

Entonces, un día, tenía veinte años, entré en El Corte Inglés en busca de la nueva publicación de Jostein Gaarder, cuando el grueso lomo blanco con enormes letras plateadas de una novela escondida en un rincón sin luz bajo una columna de libros captó mi atención. Era la sección de romántica, que estaba al principio de la librería, la veías nada más entrar. Me agaché y saqué el libro. Leí lo que había escrito en la contraportada: se cumplía el veinticinco aniversario de la publicación de esa novela, su autora ya había fallecido y había sido gracias a ese libro que se había creado lo que conocemos hoy en día como género romántico. Me olvidé de la obra de Jostein Gaarder y me compré Una rosa en invierno, de Kathleen Woodiwiss. Lo empecé a las diez de la noche y lo terminé a las ocho de la mañana del día siguiente, ya había amanecido hacía rato. No dormí. No pude. Esa fue mi primera noche en vela completa por culpa de la lectura. Ese libro hizo que ese click en mi interior se completará todavía más.

No sé explicarlo, pero a raíz de Una rosa en invierno sencillamente no podía leer otra cosa que no fuera romántica. Cada vez que mis padres me daban la paga semanal, corría a La casa del libro o a El Corte Inglés y me gastaba el dinero en novelas románticas. Lisa Kleypas, Melody Thomas, Nicole Jordan, Laura Kinsale, Gaelen Foley, Hannah Howeel, Julia London, Monica McCarty y un sinfín de escritoras de romances históricos ambientados en Londres o en las Highlands completaron mi felicidad diaria durante los siguientes cuatro años de mi vida. Terminaba uno y comenzaba otro.

Sin embargo, continuaba con un trocito más de vacío, en esa ocasión sí me di cuenta de ello, que me faltaba algo. La lectura y la escritura han estado siempre unidas a mi esencia. Desde muy pequeña, desde Fray Perico y su borrico, cuando no leía, escribía y cuando no escribía, leía. Ambas iban de la mano, no sé explicarlo, sencillamente cogía un libro o un papel y un boli, según me apetecía. Entonces, una noche, tenía veinticuatro años, estaba viendo la televisión cuando una imagen ficticia se apoderó de mi mente: un hombre y una mujer bailando en un gran salón en Londres en el siglo XIX. No lo pensé, busqué folios y un bolígrafo y, sentada en el sofá, empecé a escribir lo que sería mi primera novela, de romance histórico.

El problema es que hoy continúo sin llenar ese vacío, siempre le queda un trocito más por llenar aunque se llene un poquito más en cada etapa que voy viviendo, tras terminar otra novela escrita o leída, ¿sabéis por qué? Porque quiero más. Porque necesito leer más. Porque necesito escribir más. ¿Y por qué romántica? La respuesta es simple: escribo y leo romántica porque me gusta soñar con un mundo mejor. Me encantan los finales felices donde los malos obtienen su merecido castigo y donde los buenos obtienen su merecida recompensa. No hay más explicación: amo lo que hago.

Últimamente están pasando cosas que, por desgracia, siempre han estado a la orden del día en este mundo tan maravilloso como es el de la novela romántica: plagios, descargas ilegales, pisoteos, críticas negativas hechas con maldad gratuita, infravalorar la romántica, juzgar este género o encasillarlo en lectura para mujeres… Y podría seguir enumerando, la lista es interminable, por desgracia.

Mucha gente de mi entorno, la gran mayoría, de hecho, se ríe de mí por escribir historias de amor. “¿De qué te sirve?”, me dicen, “esos son chorradas que no sirven de nada, no te aportan nada”; “déjate de tanto amor, de tanto hombre caballeroso y de tanta perfección que la realidad no es esa y luego lías a mi mujer y discutimos por culpa de ese amor que es ficción”; y la mejor de todas: “eso no es un trabajo, eso lo hace cualquiera”. Perfecto, pues hagamos una realidad mejor, o deja de juzgarme, primero intenta hacerlo tú, luego, si acaso, te escucho. Lo curioso es que esas personas no han escrito un libro en su vida, ¿y sabéis qué? Que tengo diecinueve novelas escritas, otras cuatro sin terminar y de las terminadas cuatro de ellas están publicadas y una más que voy a publicar en abril que sería la quinta, la primera lo hice bajo sello editorial y las otras tres son autopublicadas.

En enero, os contaba lo que me había sucedido con un escritor trampa, pues ese escritor trampa continúa, a día de hoy, copiando las publicaciones diarias que hago en las redes sociales, y me he fijado en que también copia a otros escritores y a bloggers, no literal, sino la idea, y, tal cual dije en enero, es una copia barata de todo el mundo. Hay algo que no compartí con vosotros en esa reflexión, pero ahora sí lo haré… Lo que provocó que echara de mi vida a ese escritor trampa fue lo siguiente: me envió el manuscrito de la siguiente novela que iba a publicar para que yo le hiciera una valoración como lectora cero. Solo me bastó leerme las dos primeras páginas. Me dio la sensación de que lo había escrito yo, incluso había frases que me llevaron a escenas de mis propias novelas. En mis novelas, hay tres puntos claves que marcan mi sello: los aromas corporales de los protagonistas, lo gráfica que soy en las descripciones y en los diálogos y los numerosos adjetivos que utilizo. Qué casualidad que en su nueva novela, de repente, le diera importancia a los adjetivos y a los aromas, cuando no lo había hecho en sus anteriores novelas… Qué casualidad, ¿verdad?

Pues, a pesar de esto, a pesar de lo que les sucede también a mis compañeras, sigo y seguiré escribiendo romántica. ¿Sabéis por qué? Porque amo lo que hago y nada ni nadie va a quitarme esto. Momentos de bajón y de bloqueo los tenemos todos, son horribles, yo he estado hasta meses sin poder escribir más de dos frases, pero está dentro de mí y vuelve una y otra vez, y estoy segura de que esto os pasa a todos. Nada ni nadie me va a quitar esa parte de mí y, aunque suene fuerte, antes me muero si dejo de escribir.

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firma Sofía

4 comentarios sobre “¿Por qué escribo romántica?

  1. Que recuerdos me trae fray perico!!! La gente habla sin saber. Aunque no publicaras escribirias igual ya que tu mente lo necesita. ¿Que no se interesan, ni ayudan o comprenden? Bueno, las lectoras estamos dispuestas para hacerlo

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