Quiero una bandada eterna…

Echo de menos ver aves volando en uve…

Mickey Mouse acaba de recordarme algo que se me había olvidado en estos catorce años que llevo viviendo en pleno Madrid. Mientras escribo esto, mi hija está entretenida con un capítulo de La casa de Mickey Mouse que se llama “Los patos de Donald”, cuya aventura consiste en que Donald guía a ocho patos hacia la playa porque no soportan el frío del invierno y deben mudarse adonde hace calor. Os preguntaréis: Y, ¿qué? Pues que echo de menos ver una bandada volando en uve con el cambio del tiempo. Llevo catorce años sin ver una. Sí, lo echo de menos. Mucho. Y me acabo de dar cuenta.

Cuando vivía en casa de mis padres, a las afueras de Toledo, la naturaleza me rodeaba. Mi habitación de niña daba al jardín, la cual, a su vez, daba a campo abierto, perfecto para respirar aire puro y desconectar. Y de la naturaleza pasé al centro de una capital europea.

frase1

A mis padres, al campo, a la tranquilidad… Me mudé a Madrid para estudiar Periodismo. Lo estaba deseando porque con esa edad y lejos de casa crees que te vas a comer el mundo, que ya eres muy mayor y que la universidad (o lo que sea que hagas) es libertad. Años después, te ríes de ti mismo por tal pensamiento, pero es inevitable sentirse así y a vuestros hijos, sobrinos, o lo que tengáis, les pasará lo mismo, es ley de vida.

Y a pesar de querer enclaustrarme en Madrid y de no querer volver a mi hogar durante una temporada para disfrutar de esa supuesta libertad…

frase2

El ruido, las constantes sirenas de ambulancias, los pitidos de los coches, los atascos, las prisas, lo mal que huele el metro porque la gente se empeña en no ducharse (no solo basta echarse desodorante sin lavarse, ¡por favor!), la contaminación… Es que hasta me faltaban los buenos días de la gente con la que me cruzaba, o ver un rostro conocido, o una sonrisa amable.

Pero Madrid es así, incluso para comprar el pan te tienes que arreglar, no vale salir de casa en pijama. Bueno, hay gente que sí lo hace; yo, no, seré así de vergonzosa, tampoco quiero decir que antes de mudarme a Madrid fuese a comprar el pan en pijama… El caso es que la gente camina con prisas y con la amargura o el cansancio como expresión favorita en sus caras. Estoy generalizando, que también hay gente maravillosa, muy poca, escasísima, pero la hay.

frase3

Fue cuando terminé de estudiar todo lo que vino después de Periodismo. Tenía veintiséis años y me enfoqué en la búsqueda de trabajo. En cuanto conseguí mi primer empleo serio, con nómina al mes, no me refiero a mis contratos de becaria, Madrid empezó a gustarme. Supongo que en mi mente Madrid significaba estudiar, no disfrutar, y a mí no me gustaba estudiar, aunque nunca he repetido curso. Y es que no es lo mismo salir a la calle con la cabeza en tu próximo examen, que salir a la calle con una sonrisa relajada y abrir los ojos de verdad a lo que te rodea. No, no es lo mismo, pero creo que para todo hay un momento y el mío llegó a mis veintiséis años.

frase4

Descubrí rinconcitos que se hicieron un hueco en mi corazón: calles desconocidas y preciosas, bares en los que el camarero, aunque no sepa cómo te llamas, te dice: “¿lo de siempre?”, pequeñas tiendas artesanas, librerías encantadoras repletas de montañas de libros en los que desear arrojarte y quedarte a vivir, terrazas entrañables, edificios con balcones llenos de flores que te arrancan una sonrisa… Parte de esto se lo debo a mi madre y a mi marido; a mi madre, porque antes pasaba mucho tiempo en Madrid conmigo, se pateaba la ciudad entera, cada día un barrio, y luego me recomendaba qué visitar y qué no cuando comíamos juntas; y a mi marido, porque adora andar, yo lo odio, soy una vaga, pero con él he ido, voy e iré siempre al fin del mundo sin dudar aunque sea caminando.

frase5

Hace casi tres años que me quedé embarazada. La vida con un hijo cambia, claro que sí, pero no solo a nivel físico, sino también psíquico. Llevo estos casi tres años sintiéndome distinta. Me apetecen cosas que nunca me han apetecido, quiero viajar a sitios que antes prefería no conocer, ¡ahora me gusta caminar! Y, sobre todo, deseo volver…

frase6

Adonde pueda ver las aves volar en uve…

Tuve una infancia y una adolescencia perfectas. Mis amigos eran mis abuelos, mis tíos favoritos, mis padres, mi hermana y mis libros. Sí, habéis leído bien, no eran chicos de mi edad porque yo no salía. Disfrutaba viendo las películas de Sara Montiel o de Lina Morgan con mi abuela Carmen los viernes por la noche en su casa; disfrutaba tomándome un limón granizado y comiendo mojama con mi abuelo Pablo y con mi padre en La Vega; disfrutaba cuando mi hermana me llevaba a comer chucherías los domingos por la mañana en lugar de ir a misa; disfrutaba atiborrándome a obleas en la tienda de mis tíos, Pablo y Angelines, mientras me enseñaban a utilizar la preciosa caja registradora antigua que tenían; disfrutaba de mi Happy Meal los domingos por la noche con mis padres frente a la televisión; disfrutaba de las risas que nos echábamos mi tía Mamen y yo, a diario en época de colegio mientras comíamos en casa de mi abuela Carmen, de las ocurrencias de mi tío Antonio y de las perlas que soltaba mi abuela de todo el mundo, que no dejaba títere con cabeza; disfrutaba de las patatas al pelotón que mi tía Magdalena nos llevaba por las tardes en verano al chalet de mi tía Ali, y que engullíamos mis primos y yo con trozos de pan que metíamos directamente en la cacerola; disfrutaba de un libro, cada tarde, preguntándole constantemente a mi madre qué significaba una palabra u otra porque ella era mi diccionario; disfrutaba tanto…

frase7

Mi padre me gritaba desde el salón: “¡Sofía, asómate a la ventana, mira las aves volando en uve! Ya va a cambiar el tiempo”. Yo corría a verlas con una gran sonrisa y me quedaba embobada hasta perderlas de vista. Y eso quiero mañana, gritarle a mi hija que mire por la ventana de su habitación para que vea las aves volar en uve y que ella vaya corriendo a verlas con una gran sonrisa, incluso que el día de su mañana quiera lo mismo para su hija…

El tiempo pasa, creces, te haces mayor, personas que quieres se van al cielo, otros nuevos llegan, cosas que antes no querías luego las echas de menos, persigues tus sueños, plantas un árbol, escribes un libro, las aves se marchan…

El tiempo pasa, sí, pero las aves siempre vuelven y me recuerdan que sigo siendo esa niña que sonreía al verlas volar en uve rumbo al calor, al hogar.

El hogar… Esa es la verdadera libertad.

wood-1448600_1920

firma Sofía

 

2 comentarios sobre “Quiero una bandada eterna…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s